Hola, personas que en algún momento decidan leer esto:
Sé que tengo el blog abandonado y no hay día que no lo recuerde y me flagele por ello pero, tranquilos, en un mes volveré a las andas y espero que esta vez mi estancia dure algo más. Durante este silencio que, quizá pareciera eterno, he escrito mucho y he borrado aún más; sin embargo, no puedo decir que mi ilusión por compartir a través de las letras mis pensamientos haya disminuido sino muy al contrario, cada vez escupo más fuerte las peculiares, o no tanto, ideas que aparecen por ese vacío mio llamado cabeza.
Muchos versos,
Isabel.
lunes, 5 de mayo de 2014
viernes, 8 de noviembre de 2013
lunes, 7 de octubre de 2013
Creados para consumir.
“La gente debe ser entrenada para desear,
para querer nuevas cosas incluso antes de que las viejas hayan sido enteramente
consumidas. Los deseos del hombre deben eclipsar sus necesidades.” escribió
y propagó Paul Mazer, un importante banquero de Wall Street. El consumismo ha
llegado a convertirse en un dogma de cualquiera sociedad democrática moderna en
Occidente. Junto al paradigma de que formamos parte de la civilización “más
evolucionada” también encuentra hueco esta gran idea de que tenemos que comprar
productos que nos hagan la vida más fácil y feliz. ¿Pero por qué? Para
conseguir, así, una serie de valores que van asociados con poder e
independencia principalmente. Objetos que en un principio pueden ser vistos
como irrelevantes se convierten en poderosos símbolos emocionales porque nos
han enseñado que sean interpretados de ese modo. ¡Nos han creado una mentalidad
colectiva de la que no podemos escapar!
Actualmente
el ciudadano ya no es importante en su país como ciudadano, sino como
consumidor. ¿Para qué preocuparse de un grupo tan irracional que es fácilmente
manejable por una mano invisible controladora de los deseos? Porque nos han
enseñado que no se puede ser socialmente aceptado sin tener una serie de
requisitos y estos se consiguen comprando. ¿Cuán poderosa será la sociedad del
consumismo dentro de unos años si ya desde hace unos cuantas (muchas) décadas
no somos capaces de realizar una acción diferente de gastar? Soñamos tener un
gran trabajo y el canon perfecto de este es ganar mucho dinero. ¿Y para qué
queremos tanto dinero? Para comprar lo más superfluo del mercado y poder
mostrárselo a todo el mundo y así cuando estos lo vean puedan exclamar: “Porque
él lo vale”.
¿Realizar
un análisis de la sociedad no os lleva a replantearos si de verdad vivimos en un
mundo libre donde cada uno toma sus propias decisiones o si en cambio, estamos
sometidos a un Gran Hermano al que adoramos por hacer nuestra vida más feliz?
domingo, 8 de septiembre de 2013
Nunca olvides.
Grandes escritores, y algunos más pequeños, han tenido como
musa en algún momento de su vida a la añoranza debido a que este fantasma
perturbador aparece siempre que recuerdas el pasado pues añorar no es más que
vivir un sentimiento en una escena, volver a hacerlo real con todas sus
emociones. Nadie cuya presencia en el mundo haya existido, exista o existirá
podrá despegarse de este “germen” que crece con la persona. Cuantas más
vivencias, más se va interiorizando el sentimiento en sus muchas versiones.
Añorar no es solo recordar la ausencia de algo porque
también se puede añorar lo que nunca se ha tenido, lo que te hubiera gustado
tener y no tuviste. Todo es un mismo conjunto, los sueños y los deseos se
pueden hacer tan fuertes que hasta duela no convertirlos en pasado.
Añorar es siempre pasado porque transmite tranquilidad y
seguridad y esta es la consecuencia de adulterar recuerdos, momentos que
sucedieron de determinada manera y los cuales tu mente ha transformado
lentamente en el momento en el que tú quisiste tener. Los mejores recuerdos
nunca ocurrieron pero eso no importa porque mientras tú seas feliz con ese
pensamiento de haber vivido un algo perfecto deseado, la verdad dejará de ser
valiosa y llegar a ella solo traerá molestias y un gran pesar al esfumar tu
preciado recuerdo.
Añoras el principio cuando el final no es el esperado. Como
en una mala película donde el principio es lo mejor de la cinta y en el cual
los personajes no evolucionan, se mantienen inalterables psicológicamente.
Añorar no es malo pero cambiar tampoco. Todo cambio supone
un nuevo comienzo, un comienzo que puede superar lo vivido.
sábado, 3 de agosto de 2013
La verdad de la mentira.
¿Cómo sabes que una persona que te está diciendo algo bueno
sobre ti, sobre tu forma de ser, de relacionarte con los demás, de vivir… en
realidad no está pensando lo contrario?
¿Cómo sabes que la botella de agua que acabas de comprar en
el supermercado es de donde pone en la etiqueta y no del grifo que supones que
puede haber detrás de la puerta que dice algo así como “No pasar. Acceso
reservado a empleados”?
¿Cómo sabes que el puente que estás cruzando se va a mantener
cuando tú pases?
¿Cómo sabes si una persona ha dejado de quererte o no?
¿Cómo sabes que no estás viviendo el último día de tu vida y
todos los planes que tienes para mañana no sucederán?
Vivimos de la fe. Fe en pequeñas cosas cotidianas y fe en
los demás. Fe en todo aquello que no puedes controlar.
Supones que todo te va a ir bien porque lo conviertes en tu
verdad. Y la verdad aunque en ocasiones sea dolorosa siempre nos hace un poco
más felices. Porque detrás de la verdad no hay nada, es así, puedes controlarla,
en cambio, eso no pasa con la mentira.
Tenemos fe en la verdad y en el poder que nos trae. Nos
sentimos superiores con la verdad por delante y solo con ella, es la única
forma que tenemos, o eso creo, de dar estabilidad a nuestras vidas.
La verdad de que la hora que marca en el reloj es la
correcta.
La verdad de que eres dueño de tus actos.
La verdad de que el viernes has quedado con tus amigos.
La verdad de que has metido la ropa en la lavadora y la
cerveza en la nevera.
La verdad de que para afrontar el día necesitas un café bien
cargado.
La verdad de que tu programa favorito saldrá a la hora de
siempre.
Hacemos de nuestra rutina la verdad. La verdad la podemos
reducir a hechos pero nunca a pensamientos. Sabemos que el pensamiento cambia
por ello edificamos nuestra vida en rutinas y no en pensamientos ni en
personas.
Hasta que nos equivocamos.
Hasta que decidimos poner un pilar, un pilar que no sabes si
sostendrá el peso que se le exige pero que te haces creer que sí porque para ti
es verdad. Y durante un tiempo vivirás con esa felicidad pero quizás un día
encuentras que ese pilar se está fragmentando. Irás a la tienda a por argamasa
para reconstruirlo. Sin embargo, llegará el triste momento que no querías esperar
que sucediera y en el cual aceptas que creíste en una verdad falsa.
Y descubres la verdad de la mentira.
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